“Absoluta, perpetua, indivisible, inalienable e imprescriptible”, esos son los elementos esenciales que los clásicos le adjudican a la soberanía. Seamos realistas, se trata de construcciones conceptuales, de un deber ser, que nunca ha existido. Incluso las grandes potencias, las cabezas de los imperios, durante sus clímax de poder, han tenido restricciones. La soberanía no es un absoluto: del Imperio Romano al Reino Unido del siglo XIX o los Estados Unidos en el XX y XXI. Dejemos la fantasmagoría filosófica y dialoguemos con la realidad. 

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